El primer encuentro

La bruma cubre el mar, la aldea se despierta.
Preparan los arpones, las balsas ya se alejan.

La aldea no se ve, el norte se despeja.
La caza sale bien, el viejo grita alerta.

No saben lo que ven, es algo que se acerca.
Se mueve sobre el mar, tan rápido, se aleja.

Se acerca el español, la playa se repleta.
Los niños creen ver, al dios de la tormenta.

Cuando el Santiaguillo soltó el ancla, algunos oficiales y marineros se prepararon a desembarcar.
La playa estaba repleta de changos, indios dóciles e ignorantes a los ojos europeos.
Al tocar tierra, los españoles se abrieron paso a empujones hasta llegar a las tiendas de cuero de lobo de mar.
Armados, codiciosos, esperando encontrar alimentos y agua, no repararon en las miradas inquietas.
Fue la más anciana de las abuelas que preguntó en voz alta, ¿qué quiere el dios de la tormenta?.
Y el dios respondió, colérico, orgulloso, “he venido desde otras tierras, a robarles su vida antigua.
Nada de lo que puedan hacer o decir cambiará esta historia.
Solo les queda arrodillarse y pedir perdón por sus pecados.”